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martes, septiembre 08, 2020

La grafomanía

Según la RAE

De grafo- y -manía.

1. f. Manía irresistible de escribir.

 Según Kundera

Una mujer que le escribe a su amante cuatro cartas diarias no es un grafómano sino una mujer enamorada. Pero mi amigo, que saca fotocopias de su correspondencia amorosa para editarla un día, es un grafómano. La grafomanía no es el deseo de escribir cartas, diarios, crónicas de familia (esto es, escribir para uno mismo y para quienes le rodean), sino de escribir libros (es decir, de tener un público de lectores desconocidos). En este sentido la pasión del taxista y la de Goethe son iguales. Lo que diferencia a Goethe del taxista no es una pasión distinta sino un resultado distinto de la misma pasión. La grafomanía (la manía de escribir libros) se convierte fatalmente en una epidemia masiva cuando el desarrollo de la sociedad adquiere tres características básicas:

1) un alto nivel de bienestar general que permite a la gente dedicarse a una actividad Improductiva; 

2) una elevada proporción de atomización de la vida social de la que se deriva la soledad generalizada de los individuos;3) una escasez radical de grandes cambios sociales en la vida interior de la nación. (Desde este punto de vista me parece característico que en Francia, donde en conjunto no pasa nada, el porcentaje de escritores sea veintiuna veces superior al de Israel.

La soledad generalizada produce la grafomanía, pero la grafomanía masiva al mismo tiempo confirma y aumenta la soledad general. El descubrimiento de la imprenta hizo posible en otros tiempos que la humanidad se entendiese mutuamente. En la época de la grafomanía generalizada la escritura de libros adquiere el sentido contrario: cada uno está cercado por sus letras como por una pared de espejos que no puede ser traspasada por ninguna voz del exterior.




Milan Kundera. El libro de la risa y el olvido.

martes, febrero 07, 2012

La sabiduría de Gargantúa

La naturaleza de la gratitud
Esta es la verdadera naturaleza de la gratitud; el tiempo, que cercena y disminuye todas las cosas, acrecienta y aumenta las relativas a los beneficios, porque un favor hecho liberalmente a un hombre razonable crece con el pensamiento y el recuerdo generoso y noble.
(Capítulo L)

La tiranía del reloj
Puesto que en todas las religiones del mundo está todo acompasado, limitado y regulado por horas, se decretó que allí no habría relojes ni cuadrantes de ninguna clase, sino que las labores serían distribuidas según las oportunidades y ocasiones, porque, como decía Gargantúa, la mayor pérdida de tiempo está en contar las horas, pues de ello no viene ningún bien, y la mayor desazón del mundo está en gobernarse al son de una campana y no por los dictados del entendimiento y del buen sentido.
(Capítulo LIII)

Cómo tenían los thelemitas su manera de vivir
Tenían empleada su vida, no según leyes, estatutos ni reglas, sino según su franco arbitrio.

Se levantaban de la cama cuando buenamente les parecía; bebían, comían, trabajaban, dormían cuando les venía en gana; nada les desvelaba y nadie les obligaba a comer, beber ni hacer cosa alguna; de esta manera lo había dispuesto Gargantúa.

En su regla no había más que esta cláusula: "Haz lo que quieras".

Porque las gentes bien nacidas, libres, instruidas y rodeadas de buenas compañías, tienen siempre un instinto y aguijón que les impulsa a seguir la virtud y apartarse del vicio; a este acicate le llaman honor. Cuando por vil sujeción y clausura se ven constreñidos y obligados, pierden la noble afición que francamente los inducía a la virtud y dirigen todos sus esfuerzos a infringir y quebrantar esta necia servidumbre, porque todos los días nos encaminamos a lo prohibido, y constantemente ambicionamos lo que se nos niega.
(Capítulo LVII)

sábado, febrero 04, 2012

La invención del limpiaculos

Cómo Grandgousier conoció el ingenio maravilloso de Gargantúa por la invención que éste hizo de un limpiaculos

Hacia el final del quinto año, Grandgousier, de regreso de la derrota de los canarienses, visitó a su hijo Gargantúa, y mientras lo abrazaba y lo besaba, le preguntó trivialmente sobre varias cosas pueriles.

Bebió con él y con sus ayas, a las que le preguntó que si lo habían tenido siempre bien limpio.

A esto repuso Gargantúa que él también había puesto en ello el mayor cuidado, y seguramente en todo el país no había muchacho más limpio que él.

—¿Cómo es eso? —preguntó Grandgousier.
—Por larga y curiosa experiencia —dijo Gargantúa— he inventado un medio de limpiarme en culo, el más señorial, el más excelente y el más expeditivo que jamás se haya visto.
—¿Cuál?
—El que voy a explicaros. Una vez me limpié con un antifaz de terciopelo, de una señorita, y lo encontré bueno, porque la molicie de la seda me causaba en el fundamento una voluptuosidad muy grande. Otra vez con un sombrero de señora y me ocurrió lo mismo; otra vez con una pañoleta; otra con unas orejas de satén carmesí; pero unos bordados con abalorios de mierda que tenían, con su dureza, me desollaron el trasero; ¡que el fuego de san Antonio encienda la morcilla cular del orfebre que los hizo y de la señorita que los llevó! El mal se me curó frotándome con un bonete de paje bien emplumando a la suiza. Después, al cagar detrás de unas hojas, encontré un cachorro de marta y me limpié con él; pero con sus uñas me ulceró todo el periné; para curarme me limpie al día siguiente con los guantes de mi madre bien perfumados de benjuí. Después me limpié con sauce, hinojo,aneta, mejorana, rosas, hojas de col, trozos de ladrillos, pámpanos, altea, verdasco, que es la escarlata del culo lactuario, y espinacas. Con todo esto me gustaba restregarme las posaderas.

Hierba mercurial, persicaria, ortigas, consuelda; todo esto me ocasionó un flujo de sangre, del que me curé limpiándome con mi bragueta, con las sábanas, con la colcha, con las cortinas, con un cojín, con un tapiz, con un mantel, con una servilleta, con un pañuelo, con un peinador. Con todo esto sentí tanto placer como sienten los que sufren de roña cuando se les rasca.

—Pero, veamos —le interrogó Grandgousier—, ¿cuál es el mejor limpiaculos?
—En ello estoy y bien pronto sabrás el Tu autem. Me he limpiado con heno, con paja, con estopa, con borra de lana, de papel; pero quien el culo se limpia con papeles de la basura se dejará caireles.
—¡Cómo, hijo mío! exclamó Grandgousier—. ¿Estás borracho? ¿Sabes ya rimar?
—Sí, mi rey; por Dios que rimo así y mejor, y con frecuencia me acatarro. Escuchad lo que dice nuestro retrete a los que van allí a cagar:

Cagar.
Diarrear.
Peer.
Merdosa
tu grasa,
como una capa
se extiende
sobre nosotros.
Cochinos.
Merdosos.
¿Os gusta?
¡Que el fuego de san Antonio te abrase
si todos
tus agujeros
no te limpias antes de marchar!

¿Queréis más todavía?
—Sí por cierto —repuso Grandgousier.
Y recitó Gargantúa este rondó:

 Al cagar olí anteayer
el tributo que mi culo pagaba;
y el olor me hizo temer
que allí mismo me asfixiaba.
¡Quién me hubiera podido traer
una mujer que yo esperaba
cagando!
¡Qué bien le hubiera sazonado
su mingitorio a mi manera lerda,
si ella me hubiese ayudado
con sus dedos a desalojar mi mierda
cagando!

Decid ahora que yo no sé nada. Por la mierda que los versos no los hice yo; se los oí recitar a una gran dama y los he retenido en el bolsón de mi memoria.
—Volvamos —dijo Grandgousier— a nuestro tema.
—¿Cuál? dijo Gargantúa— ¿Cagar?
—No; limpiarse el culo.
—¿Te apuestas media pipa de vino de Bretaña a que no aciertas mi invención?
—La pago y me doy por vencido —dijo Grandgousier.
—Pues, verás; no hay necesidad de limpiarse el culo sino cuando se tiene sucio. No se puede tener sucio si no se ha cagado. Lo primero y lo mejor es, pues, para limpiarse el culo haber cagado bien.
—¡Oh, qué buen sentido tienes, hijo mío! En estos primeros días haré que te gradúen de doctor en la Sorbona. ¡Por Dios que tienes más razón que edad! Ahora prosigue tu conversación limpiaculativa, yo te lo ruego, y tendrás, por mi barba, no media, sino sesenta pipas de ese buen vino bretón que no se cría en Bretaña, sino en el gran país de Verron.
—Me limpié luego —prosiguió Gargantúa— con una cofia, con un almohadón, con una zapatilla, con un cesto, ¡desagradable limpiaculos!, con un sombrero; notad que los sombreros son: unos, lisos; otros, peludos; otros, aterciopelados; otros tafetanizados, y otros, satinados; los mejores son los peludos, porque hacen muy bien la abstersión de la materia fecal. Después me limpié con una gallina, con un gallo, con un pollo, con la piel de una ternera, de una liebre, con un pichón, con un cuervo marino, con el ropón de un letrado, con un dominó, con una toca, con un señuelo. Para concluir, yo digo y sostengo que el mejor limpiaculos es un pollo de oca con muchas plumas, cogiéndole la cabeza entre las piernas. Creédmelo por mi honor: se siente en el culo una voluptuosidad mirífica, tanto por la dulzura del plumón como por el calor templado del animalito, que fácilmente se comunica a la morcilla cular y a los otros intestinos hasta llegar a las regiones del corazón y del cerebro. Y no penséis que la felicidad de los héroes y semidioses que viven en los Campos Elíseos esté en el asfódelo, en la ambrosía o en el néctar, como dicen aquí las viejas. Está, según mi opinión, en que se limpian el culo con un pollo de oca. Tal es también la opinión del maestro Juan de Escocia.

FRANÇOIS RABELAIS. Gargantúa, XIII

jueves, octubre 06, 2011

Horacio y el "carpe diem"

Oda I. 9
Ya ves cómo blanquea la alta nieve
en el Soracte; los cansados árboles
bajo el peso sufren; el hielo
áspero inmóviles tiene a los ríos.
Aleja el frío echando generoso
leña al fuego y un vino de cuatro años
con largueza, Taliarco, escancia
de sabina ánfora y el resto déjalo
a los dioses, que en cuanto aplacar quieran
la lucha de los vientos sobre el férvido
piélago, los viejos cipreses
y fresnos quietos quedarán ya.
No te preguntes más por el futuro
y apunta en tu haber, mozo, cada día
que te dé Fortuna y las danzas
y amores dulces aun no desprecies
mientras en tu vigor no haya morosas
canas. Ahora buscar debes el Campo
y las plazas y la nocturna
cinta en que se oigan suaves susurros;
ahora la grata risa que a la niña
delate en su rincón, ahora la prenda
robada a la muñeca o dedo
que se defiendan con pocas ganas.

Horacio medita, frente al invierno de la campiña romana, sobre la necesidad de aprovechar el día efímero y olvidar las angustias del mañana. Las estaciones, el tiempo en sus cíclicas imágenes, traen siempre a la mente del poeta lo pasajero de la vida humana; y de ese pensamiento brota a su vez la invitación al disfrute, mientras aún la vejez no lo impide. Un ejemplo claro, en suma, del tema del "carpe diem".

La oda va dirigida a un tal Taliarco, nombre griego, probablemente ficticio, que significa «rey de la fiesta». No falta el ingrediente del vino, esta vez en su variedad sabina, como uno de los placeres que nos reclama. Y sobre todo, no falta la exhortación al divertimento amoroso.

Oda I. 11
No investigues, pues no es lícito, Leucónoe, el fin que ni a mí
ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
no te entreges. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
que destroza el mar Tirreno contra las rocas, prudente
sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza
contén. Mientras hablo, el tiempo celoso habrá ya escapado:
goza el día y no jures que otro igual vendrá después.

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum, sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

Esta es la oda que contiene la famosísima fórmula del carpe diem, que da nombre al tópico correspondiente. Dirigida a una tal Leucónoe (algo así como «mente ingenua»), a la que se exhorta a no tener en cuenta la ciencia astrológica de los babilonios (según un principio de la filosofía epicúrea), a despreocuparse del mañana y a «cosechar» (carpere) el día presente. otra vez el invierno, como en I 9 —allí con visión de montaña nevada, aquí con estampa de encrespado mar, pero anclando la imagen en ambos casos en un escenario real, romano: el Soracte, el Tirreno.

Fuente: HORACIO, Odas y epodos. Ed. Cátedra

sábado, junio 11, 2011

Quevedo y los médicos

A un mujer que se va ha casar con un médico
Pues me hacéis casamentero,
Ángela de Mondragón,
escuchad de vuestro esposo
las grandezas y el valor.
Él es un médico honrado,
por la gracia del Señor,
que tiene muy buenas letras
en el cambio y el bolsón.
Quien os lo pintó cobarde
no lo conoce y mintió,
que ha muerto más hombres vivos
que mató el Cid Campeador.

    (Poesía, núm. 783, p. 1099)

 Epitafio a un médico
Yacen de un home en esta piedra dura
el cuerpo yermo y las cenizas frías;
médico fué, cuchillo de natura,
causa de todas las riquezas mías;
y agora cierro en honda sepultura
los miembros que rigió por largos días,
y, aun con ser Muerte yo, no se la diera,
si dél para matarle no aprendiera.
    Epitafio a un médico (II, 19)

«mucha más gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y calenturas, y mucha más gente matan los habladores entrometidos que los médicos. Y has de saber —habla la Muerte— que todos enferman de excesos o destemplanza de humores; pero lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan»

 «Si el morir no hay médico que lo estorbe, y hay muchos que lo inducen, si la salud es su pobreza, si la enfermedad es su caudal, que hacen de su juicio los que se persuaden, que los médicos les desean una salud, que no les vale nada, y que acabarán una enfermedad, que les es contribución y tesoro.»
Fuentes:
Las sátiras de Quevedo y su recepción
Obras de Don Francisco de Quevedo Villegas, Volumen 2